Uruguay tiene que tener memoria

Antes de 2005, el país arrastraba una enorme fragilidad energética. En 2004 hubo que declarar una situación excepcional por la crisis energética regional y la sequía, habilitando importaciones de electricidad para evitar mayores problemas de abastecimiento. En 2006, según se informó desde Presidencia, Uruguay llegó a estar a apenas un megavatio de sufrir apagones zonales, luego de unos 14 años de falta de inversión en generación eléctrica. También se recordaba una larga historia de cortes programados en las décadas del 70, 80 y parte de los 90.

Ese era el país energético que recibieron los gobiernos del Frente Amplio: dependiente, vulnerable, caro y expuesto a la sequía, al petróleo y a la compra de energía en la región.

Hoy la realidad es otra. El 2 de julio de 2026 Uruguay alcanzó un nuevo récord histórico de demanda eléctrica: 2.362 MW. Y el sistema respondió sin inconvenientes, con una matriz mayoritariamente renovable y sólida. No fue magia: fue planificación, inversión pública, decisión política y una transformación energética reconocida internacionalmente.

Además, el relato de que esta transformación encareció la electricidad no se sostiene. Según UTE, entre 2009 y 2019 la tarifa eléctrica bajó 21% en términos reales respecto al IPC y 49% en relación al Índice Medio de Salarios. Es decir: comparada con los precios y con los salarios, la electricidad pesaba menos en el bolsillo.

Pasamos de hablar de restricciones, apagones y emergencia energética, a batir récords históricos de consumo con estabilidad, soberanía y energías limpias.

Eso también es gobernar.

Eso también es Frente Amplio.

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