¿Por qué una simple llamada de Trump puede hacer temblar a la FIFA?

Donald Trump levanta el teléfono para hablar con Gianni Infantino por la expulsión de un jugador de Estados Unidos. Poco después, la sanción queda en suspenso y el futbolista termina habilitado para jugar.

¿Casualidad? Puede ser.

Pero cuando la llamada proviene del presidente de Estados Unidos, y del mismo país que hace apenas una década puso a la FIFA contra las cuerdas, cuesta creer que sea un episodio cualquiera.

Para entender el verdadero alcance de esta historia hay que volver a 2010.
La FIFA le otorgó a Rusia el Mundial 2018 y a Qatar el de 2022, dejando afuera a Estados Unidos. Aquella decisión sorprendió al mundo y alimentó sospechas que, cinco años más tarde, desembocarían en el mayor escándalo de corrupción de la historia del fútbol.

En 2015 estalló el FIFA Gate.

Oficialmente fue una investigación sobre corrupción, lavado de dinero, compra de votos y negociados multimillonarios. Y vaya si encontró material. Cayeron dirigentes históricos, presidentes de confederaciones, empresarios y el propio sistema de poder que había gobernado la FIFA durante décadas.

Pero aquella investigación dejó otra enseñanza, quizá más importante: cuando Estados Unidos decide abrir un cajón de la FIFA, nunca se sabe cuántos cadáveres pueden aparecer.

Muchos presentan a Gianni Infantino como el hombre que refundó la FIFA.

Yo no lo veo así.

Lo que hizo fue salvar la marca.

Cambiaron algunos nombres, cambiaron algunos discursos y se prometieron reformas. Pero el negocio no hizo más que crecer.

Más selecciones en los Mundiales.

Más partidos.

Más torneos.

Más derechos de televisión.

Más patrocinadores.

Más ingresos.

Más poder.

La FIFA dejó de ser solamente una organización deportiva para convertirse definitivamente en una corporación global que mueve miles de millones de dólares. Y cuando hay tanto dinero en juego, también hay mucho para perder.
Por eso no hace falta que Donald Trump diga: «Si no hacen esto, habrá consecuencias».

Ni siquiera hace falta que lo insinúe.

La memoria también juega.

La actual dirigencia sabe perfectamente lo que significó el FIFA Gate. Sabe que una investigación impulsada por la Justicia estadounidense derrumbó a buena parte de la vieja conducción de la FIFA y modificó para siempre el equilibrio de poder dentro del fútbol mundial.

Y aquí aparece un dato que vuelve este episodio especialmente delicado.
Hasta donde se conoce, nunca se había dejado sin efecto una suspensión automática por expulsión en estas circunstancias durante un Mundial. Incluso dirigentes europeos calificaron la decisión como «sin precedentes».

Cuando una institución toma una decisión inédita, lo razonable es esperar una explicación igualmente inédita.

Si la FIFA entendió que existían circunstancias excepcionales para apartarse de un criterio que siempre se consideró automático, debería explicarlas con absoluta claridad.

Porque la transparencia no consiste solamente en anunciar una resolución. También consiste en explicar por qué esa resolución rompe con todos los antecedentes.

Y ese es precisamente el problema.

Hasta ahora no se ha ofrecido una explicación pública que permita comprender por qué este caso mereció un tratamiento distinto.

¿Demuestra eso que hubo presiones políticas?

No. No existen pruebas públicas para afirmarlo.

Pero tampoco resulta razonable pedir que nadie se haga la pregunta.

Cuando una decisión sin antecedentes conocidos coincide con una gestión personal del presidente de Estados Unidos, las sospechas son inevitables. No porque exista una prueba concluyente, sino porque la propia excepcionalidad de la decisión exige una justificación igualmente excepcional.

En política, en la Justicia y también en el deporte, las decisiones extraordinarias necesitan fundamentos extraordinarios.

Si esos fundamentos no aparecen, el espacio lo ocupan las dudas.

Y si además quien llama es Donald Trump, un presidente que nunca se caracterizó precisamente por la sutileza diplomática y que suele ejercer el poder desde la presión pública y la confrontación, resulta ingenuo pensar que esa llamada pesa lo mismo que la de cualquier otro jefe de Estado.

La FIFA conoce demasiado bien el poder de Estados Unidos. Conoce sus tribunales. Conoce sus agencias de investigación.

Y, sobre todo, conoce las consecuencias que tuvo la última vez que Washington decidió mirar debajo de la alfombra del fútbol mundial.
Por eso la discusión ya no pasa solamente por si un jugador debía cumplir o no una fecha de suspensión.

La verdadera discusión es otra.

¿Puede la FIFA convencer al mundo de que una decisión inédita, tomada inmediatamente después de una gestión del presidente de la mayor potencia del planeta, fue simplemente una coincidencia?

Mientras esa explicación no exista, la sospecha seguirá jugando su propio partido.

Y, lamentablemente para la FIFA, ese partido ya lo empezó perdiendo.

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