Algunos inmigrantes cubanos parecen haber descubierto que el principal problema de Uruguay es la izquierda democrática que gobierna el país. No el régimen del que escaparon, sino un gobierno elegido en las urnas, con alternancia política, libertad de prensa y elecciones libres. Vaya paradoja.
También resulta curioso el destino elegido. Porque, si el problema fuera simplemente “la izquierda”, podrían haber optado por algún paraíso del capitalismo sin salud pública, sin educación pública gratuita y con un Estado reducido al mínimo. Pero no. Eligieron Uruguay.
El reciente video de FIFA sobre Silvia Nadal, la sheriff uruguaya de Miami-Dade, sirve como ejemplo perfecto para entender un fenómeno que viene creciendo desde el Mundial de Qatar.
Hay algo que conviene entender para no perderse en medio del ruido.
Un Solo Uruguay participó de las movilizaciones. Parlamentarios y dirigentes nacionalistas amplificaron rápidamente el reclamo. El SUTCRA, sindicato de los trabajadores del sector, decidió no adherir.
De un día para otro aparecieron páginas nuevas, supuestos medios informativos y perfiles compartiendo exactamente el mismo relato, las mismas imágenes y, en varios casos, publicaciones realizadas a la misma hora e incluso en el mismo minuto.
Escuchando algunos discursos parecería que la famosa guía de carga es una especie de tragedia para todo el transporte nacional. Pero cuando uno analiza a quién beneficia y a quién perjudica, la historia cambia bastante.
En su cuplé más filoso, La Tapadita, la murga uruguaya Asaltantes con Patente ironiza sobre un fenómeno político tristemente frecuente: cómo los gobernantes, ante un escándalo que los deja mal parados, fabrican uno aún mayor para desviar la atención. En clave de humor local, enumeran un centenar de hechos corruptos del gobierno de Luis Lacalle Pou como si todos obedecieran a una meticulosa estrategia para distraer de un asunto de Estado crucial: su incipiente calvicie.
En los últimos años, Uruguay vivió un boom de inversiones ganaderas que parecía sacado de un manual de éxito económico: fondos que garantizaban rentabilidades atractivas, miles de inversores apostando al crecimiento del sector y un país que, según se decía, demostraba su estabilidad financiera.
Si algo distingue al fútbol uruguayo, además de la garra charrúa y los estadios con butacas que datan de la dictadura, es la facilidad con la que los clubes se endeudan. No importa cuánto entre, siempre se gasta más. Y en ese escenario donde el rojo en las cuentas es tan tradicional como el mate amargo, Peñarol decidió hacer algo impensado: pagar lo que debe y en fecha. Un sacrilegio financiero que, por supuesto, generó incomodidad en más de uno.
La política uruguaya actual tiene un aire de ironía difícil de ignorar.