Cuando las coincidencias empiezan a viajar en primera clase
Hay algo que conviene aclarar.
Que existan campañas digitales coordinadas ya no es una sospecha extravagante ni una teoría conspirativa. Es un fenómeno documentado en distintos países.
Lo que sigue siendo materia de debate es quién las financia, quién las organiza y hasta dónde llegan sus conexiones internacionales.
En Brasil, investigaciones periodísticas revelaron que empresarios afines a la candidatura de Jair Bolsonaro financiaron disparos masivos de mensajes por WhatsApp contra Fernando Haddad, candidato del Partido de los Trabajadores y heredero político de Lula. Años después, la Justicia brasileña profundizó investigaciones sobre redes de desinformación vinculadas a sectores bolsonaristas.
En Estados Unidos, el escándalo de Cambridge Analytica mostró cómo datos personales de millones de usuarios de Facebook podían utilizarse para diseñar campañas políticas altamente segmentadas. Y en Europa, distintos informes han advertido sobre la existencia de redes transnacionales de la extrema derecha que comparten estrategias, financiamiento, narrativas y herramientas digitales.
¿Existe evidencia de que detrás de cada protesta local opere una gran coordinación internacional? No. Sería irresponsable afirmarlo.
Pero también sería ingenuo ignorar que existe una creciente sospecha, respaldada por investigaciones académicas y periodísticas, de que sectores de la extrema derecha global aprenden unos de otros, comparten métodos, se apoyan mutuamente y entienden muy bien cómo utilizar las redes sociales para instalar agendas, amplificar descontentos reales y construir climas de opinión favorables a sus intereses.
Por eso, cuando aparecen páginas recién creadas, noticias prácticamente idénticas publicadas incluso en el mismo minuto, actores políticos conocidos amplificando el mensaje y organizaciones con posicionamientos ideológicos claros sumándose rápidamente al relato, quizás no estemos frente a un simple milagro de espontaneidad ciudadana.
Tal vez sea algo menos romántico y bastante más moderno. Porque antes los manuales políticos se imprimían en papel.
Hoy viajan en PDF, se reenvían por WhatsApp y vienen optimizados para el algoritmo.
Y como suele ocurrir con las nuevas tecnologías, lo verdaderamente importante no es solo preguntarse qué nos muestran, sino quién programó la campaña para que la viéramos.
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